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Conferencia en vídeo

Los eclipses en la ciencia y el conocimiento

Tras explicar brevemente qué es un eclipse y alguna de sus características distintivas, la conferencia se centrará en los aspectos más destacables con los que los eclipses han contribuido a incrementar nuestro acervo cultural común. Desde su uso para determinar parámetros fundamentales para la navegación marítima en el siglo XVIII hasta la comprobación experimental de la Teoría de la Relatividad General, pasando por la datación precisa de dinastías chinas, la interrupción de guerras siglos antes de nuestra era, detección de errores geofísicos en la velocidad de rotación de la Tierra, o el descubrimiento de nuevos elementos químicos.

Guía de la charla

De qué trata

La conferencia aborda el papel fundamental de los eclipses en la historia de la ciencia y el desarrollo del conocimiento humano, coincidiendo con la proximidad de la tríada de eclipses que cruzará la península ibérica entre 2026 y 2028. Jose Carlos del Toro Iniesta repasa las bases geométricas que diferencian los eclipses totales, anulares y lunares, explicando por qué no se dan en cada lunación debido a la inclinación de la órbita lunar y describiendo las capas de la atmósfera solar —como la corona, la cromosfera y las protuberancias— que se hacen visibles durante la totalidad.

A lo largo de la exposición se ilustra cómo la necesidad práctica y la curiosidad llevaron a emplear estos eventos para resolver problemas clave de la navegación, como la determinación de la longitud geográfica y la paralaje solar calculada a través de tránsitos. Asimismo, se muestra su valor como herramientas cronológicas y geofísicas: desde la datación histórica en la antigua China hasta el ajuste de los modelos sobre la desaceleración de la rotación de la Tierra mediante registros en tablillas babilónicas. En el ámbito astrofísico, los eclipses permitieron el surgimiento de la espectroscopía con el descubrimiento del helio y el posterior desentrañamiento del enigma del «coronio», que reveló una corona solar a millones de grados.

Por último, la charla detalla la expedición de 1919 a Sobral y Príncipe encabezada por Dyson, Eddington y Davidson para verificar la deflexión gravitatoria de la luz estelar predicha por la relatividad general de Albert Einstein. El ponente pone de relieve las dificultades instrumentales y meteorológicas de aquella hazaña científica, concluyendo con un repaso a la influencia mutua entre las distintas disciplinas del saber.

Ideas clave

  • Los eclipses solares y lunares no suceden en cada mes lunar debido a la inclinación de cinco grados de la órbita de la Luna respecto a la eclíptica, requiriendo que los astros coincidan en la línea de los nodos.
  • La resolución del problema de la longitud geográfica marina impulsó históricamente la observación de eclipses y tránsitos para determinar con precisión la paralaje y el tamaño del Sol.
  • El registro escrupuloso de un eclipse en Babilonia en el 136 a. C. permitió corregir los modelos geofísicos del frenado de la rotación terrestre a 1,8 milisegundos por siglo.
  • La aplicación de la espectroscopía a las protuberancias solares durante el eclipse de 1868 posibilitó descubrir el helio antes de que fuera encontrado en la Tierra.
  • La supuesta línea espectral del elemento «coronio» correspondía en realidad a hierro trece veces ionizado, lo que demostró que la corona solar alcanza temperaturas de millones de grados.
  • El eclipse de 1919 permitió medir la curvatura que experimenta la luz de las estrellas al rozar el campo gravitatorio solar, confirmando la predicción de la relatividad general.

Glosario

Corona solar
Capa más externa de la atmósfera del Sol, visible a simple vista durante los eclipses totales gracias a la luz fotosférica dispersada por su plasma.
Cromosfera
Capa atmosférica del Sol situada inmediatamente por encima de la fotosfera, reconocible por sus tonalidades rojizas en el borde solar durante un eclipse.
Línea de los nodos
Línea de intersección geométrica entre el plano orbital de la Tierra y el plano orbital de la Luna, sobre la cual deben alinearse los cuerpos celestes para que suceda un eclipse.
Apogeo
Punto de máxima distancia en la órbita de la Luna con respecto a la Tierra, donde su menor tamaño aparente da origen a eclipses anulares de Sol.
Protuberancia
Estructura gaseosa densa de tono rojizo que nace en la cromosfera y se proyecta hacia la corona solar.
Paralaje solar
Ángulo astronómico vinculado a la distancia entre la Tierra y el Sol, fundamental históricamente para dimensionar la escala del sistema solar.
Espectroscopía
Método de descomposición y análisis de la radiación luminosa en sus distintas longitudes de onda para determinar la naturaleza química y física de los astros.
Deflexión de la luz
Desviación angular de la trayectoria de los rayos luminosos provocada por la influencia del campo gravitatorio de un cuerpo masivo.

Aprende con esta charla

¿Te ha quedado claro? Ponte a prueba

Explícamelo más fácil

Los eclipses ocurren cuando un astro se interpone entre otros dos, tapándolo total o parcialmente. En el caso del Sol y la Luna, un eclipse solar sucede cuando la Luna pasa entre la Tierra y el Sol, ocultando su luz, lo cual solo puede pasar en la fase de Luna nueva. Por el contrario, un eclipse de Luna ocurre cuando es la Tierra la que se coloca entre el Sol y la Luna, proyectando su sombra sobre ella y dándole un tono rojizo debido a cómo la luz atraviesa nuestra atmósfera, algo que solo pasa en Luna llena.

Aunque a simple vista parecen fenómenos sencillos, estudiarlos ha sido fundamental a lo largo de la historia para la humanidad. Han servido para fijar cronologías antiguas, resolver el complejo problema de calcular la posición y la distancia en la navegación, comprobar teorías científicas tan importantes como la relatividad general de Einstein e incluso para que civilizaciones enteras midieran el paso del tiempo y comprendieran mejor los secretos del universo.

  1. ¿Por qué no se produce un eclipse de Sol en cada lunación (cada vez que hay Luna nueva)?

  2. ¿Qué motivó principal impulsó a los astrónomos de los siglos XVII y XVIII a observar con tanta precisión los tránsitos y eclipses?

  3. ¿Qué fenómeno predicho por la teoría de la relatividad general de Einstein se comprobó midiendo la posición de las estrellas durante el eclipse total de 1919?

Transcripción completa

Lee la charla de principio a fin

  • 1:11:06 de charla
  • 8.388 palabras
  • Español · English

Cada párrafo lleva su minuto: púlsalo y el vídeo empieza justo ahí.

Muy bien, pues vamos a comenzar. Lo primero que habrán visto es que el anfitrión habitual no está hoy aquí, Emilio Alfaro no está, está en un congreso científico en Sevilla y no puede estar, pero hemos respetado uno de sus principios básicos y es que las charlas Lucas Lara empiezan a las 7 de la tarde en punto, nada de 5 minutos ni nada, a las 7 en punto. Así que hemos cumplido su legado.

Bueno, lo primero que siempre me gusta decir es que este año estamos en la edición número 30 del ciclo de charlas Lucas Lara. Son 30 años celebrando estas charlas. La primera charla la dio Emilio hace 30 años, la segunda la dio Pepe Juan, que está aquí presente, y es una tradición que sigue en marcha y que se ha convertido ahora mismo en un club de ciencia, lo cual no es nada fácil de alcanzar y la verdad es que es, por lo menos para mí, muy emocionante ver que aquí seguimos y todos con ganas de aprender de diferentes temas.

Bueno, eso es lo primero. Lo segundo es que los próximos años van a ser muy particulares porque vamos a tener una tríada de eclipses en España. El 12 de agosto del 26, al atardecer, hacia las 20:30, va a ser el primer eclipse total, que es un eclipse que va a cruzar desde el norte, viene desde el Cantábrico, cruza toda España por el centro: Burgos, Soria, Teruel, para derivar hacia el Mediterráneo y terminar en las Baleares ya cuando está anocheciendo. Eso es el 12 de agosto.

Pero el 2 de agosto del 27 tendremos otro eclipse total, que será al amanecer y que además tenemos el lujo de poderlo ver únicamente en España desde la costa sur: desde Cádiz, Málaga, Granada, Almería... En Granada la costa granadina, en Cádiz prácticamente toda la provincia, pero en Granada únicamente la costa; en Ceuta y Melilla también, y luego se va a ver muy bien en Egipto.

Y luego, el 26 de enero de 2028, vamos a tener en la parte sur de la península, en el suroeste, un eclipse anular. En la parte norte de España será únicamente un eclipse parcial y será al atardecer: en enero, hacia las 17:35, es cuando el máximo lo vamos a ver aquí desde Granada.

O sea que realmente van a ser tres eventos astronómicos muy relevantes y que indudablemente van a tener una gran atención, no solo aquí. Por ejemplo, para el eclipse de este año, en el centro de España, por ejemplo en Teruel, nos lo puede decir Mariano, está todo ya reservado y es imposible ahora mismo buscar ya un alojamiento para poderlo ver.

Aquí en el instituto también, desde el CSIC y desde el instituto, nos estamos adhiriendo a celebrar estos eclipses científicamente, y hoy va a ser el primero de nuestros eventos con la charla que va a impartir José Carlos del Toro.

También quiero mencionaros que el CSIC, en colaboración con el Instituto Geográfico Nacional y con el Instituto de Astrofísica de Canarias, han editado un libro sobre eclipses, que es este que está aquí, editado por GeoPlaneta y disponible para poder comprarse. Tiene muchos colaboradores y, entre ellos, José Carlos es uno de los colaboradores de este libro.

Ya hablando de eclipses, tenemos el gran lujo de tener hoy a quien mejor nos los va a poder contar. José Carlos del Toro es un compañero, es profesor de investigación aquí en el Instituto de Astrofísica de Andalucía. Nació en Cartagena, estudió Físicas entre la Universidad de Granada y la Universidad de La Laguna, y se doctoró en la Universidad de La Laguna. De allí partió a Estados Unidos, a los laboratorios Lockheed, en California. Estuvo allí trabajando unos años y luego volvió a Canarias, donde obtuvo ya una plaza como científico titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En el año 1998 se incorporó aquí, al Instituto de Astrofísica de Andalucía, lo cual es un momento importante en la historia del instituto, porque ello llevó a la creación del grupo de física solar. Y además, como él siempre dice, cuidando los tres aspectos de lo que es hacer física solar: realizando observaciones con la instrumentación más puntera, realizando teoría para interpretar esas observaciones y realizando también instrumentación.

José Carlos ha desarrollado un número de instrumentos junto con su grupo —tienen aquí un amplio grupo de científicos y de ingenieros— que han volado pues desde en globos estratosféricos, la misión Sunrise... Hay un instrumento también que fue en la misión espacial Solar Orbiter, que a mí me gusta mucho destacarla porque se lanzó en febrero de 2020, justo antes de la pandemia, y todo el comisionado se hizo desde casa. Todos los compañeros —hay aquí alguno más— estuvieron trabajando desde casa para realizar el comisionado del instrumento. Y ese instrumento sigue ahora mismo funcionando y siguen tomando datos y obteniendo resultados muy espectaculares. Y ahora mismo está trabajando en otro instrumento que volará en una nueva misión de la Agencia Espacial Europea, la misión Vigil, perdón, que se va a especializar en el estudio de la climatología espacial.

Aparte, él siempre me gusta decir, es una persona muy lectora y muy cuidadosa en su redacción, tanto en castellano como en inglés, y ha escrito un libro sobre espectropolarimetría, y yo sé que además es de las cosas de su carrera que más ha disfrutado, así que siempre me gusta mencionarlo.

No me voy a alargar más porque la charla merece la pena, no me cabe la menor duda. Pero sí que quiero decir que José Carlos es un gran científico, es extremadamente riguroso en todo. Cuando José Carlos te da una información, puedes estar seguro de que esa información es correcta. Y además es una persona muy divertida, y eso lo van a comprobar ustedes ahora mismo. Así que disfruten de la charla y adelante, José Carlos.

Bueno, pues muchísimas gracias, Antxon, por la cariñosa presentación. En efecto, tenemos una oportunidad única en España en estos tres próximos años y debemos aprovecharla.

Y muchas gracias a todos por venir en una tarde tan inhóspita y desagradable como la de hoy. Es un placer siempre contar con vuestra asistencia.

Para un físico solar como yo debería ser muy fácil hablar de eclipses, como ha pretendido avanzar Antxon. Sin embargo, he de reconocer que mi incultura eclíptica es supina. Jamás me he dedicado como investigador al estudio de los eclipses, salvo últimamente, en el que, lo creáis o no, estamos utilizando eclipses artificiales para determinar la calidad óptica de uno de nuestros instrumentos, que voló en el año 24 en una misión estratosférica. Y también nuestro grupo ha propuesto una misión espacial para aprovechar eclipses, de nuevo artificiales, a fin de estudiar el campo magnético de la corona solar.

Pero no es de eso de lo que quiero hablaros. No quiero hablaros de aspectos más cercanos a la investigación moderna, y sí hablaros de cómo los eclipses han sido tan importantes en la historia de la humanidad, que han influido en no pocas disciplinas que abarcan prácticamente todo el conocimiento humano. Los eclipses, como la ciencia, pero de forma muy particular, han aumentado nuestro acervo cultural como seres humanos.

Sí que, aunque no voy a hablaros mucho de astronomía, tengo que dar unas pinceladas para explicar lo que es un eclipse. Y los que me conocéis, sabéis que amo la gramática, y para mí los diccionarios son fuentes de inspiración y de consulta.

Y en este caso estoy especialmente contento porque la Real Academia no siempre lo está, pero está especialmente acertada. Primero, nos habla de la etimología. «Eclipse» viene de eclipsis en latín, y este del griego ékleipsis, que significa literalmente «desaparición». Algo que desaparece es algo que se ha eclipsado.

Pero es que la primera acepción en castellano del diccionario nos dice que es «la ocultación transitoria total o parcial de un astro por interposición de otro cuerpo celeste». Y no podía ser más acertada porque, de hecho, incluye las tres palabras clave que los astrónomos, los científicos... Ya sabéis que somos muy maniáticos y nos gusta clasificar, y aunque el fenómeno de la interposición de un astro entre otros dos es común, nos gusta diferenciar lo que es un eclipse de lo que es una ocultación, de lo que es un tránsito. Y aquí las recoge todas.

Una ocultación es el fenómeno que ocurre cuando el astro que se interpone es más grande que el ocultado y lo hace desaparecer con facilidad. El tránsito es al revés. Y hablamos de eclipses propiamente en este caso, en el que, por fortuna, la Luna y el Sol ocupan el mismo tamaño angular en el cielo y, eventualmente, cuando los tres astros se alinean, ocurre un eclipse total de Sol.

Como veis aquí —creo que se ve el cursor—, la sombra de la Luna sobre la Tierra ocupa una fracción muy pequeñita, un circulito de apenas unos cientos de kilómetros, porque el Sol está muy lejos; una sombra muy chiquitina. Esa sombra se transforma en una franja conforme la Tierra rota sobre sí misma. Y es en esa franja en la que se puede observar la totalidad. En esta otra área ya más grande de aquí, la penumbra, el Sol no se eclipsa del todo, sino que el eclipse es parcial; se oculta parcialmente.

Y hay un tercer tipo de eclipse, eclipse anular, que es el que ocurrirá en el 28, que es exactamente igual que el total, pero si os dais cuenta, la Luna, en vez de estar más cercana a la Tierra, como es en el perigeo, está en el apogeo. El apogeo es el punto de máxima distancia entre la Luna y la Tierra. Al estar un poco más lejos, el tamaño aparente de la Luna es menor, es un 16 % por comparación al normal, y la Luna entonces no es capaz de oscurecer completamente el disco del Sol. Así, el disco de la Luna aparece rodeado de un anillo, y de ahí el nombre anular.

En el caso del eclipse de Luna, es la Tierra la que se interpone entre el Sol y ella. Y en este caso hay dos cosas muy claras: y es que la Luna entera cabe dentro de la sombra de verdad; y la segunda es que el eclipse es visible por media Tierra, la media Tierra que está de noche. Mientras que el eclipse de Sol es muy difícil de ver, el de Luna es muy fácil de ver.

Pero además tiene una característica principal, que obedece a la misma razón de nuestros cielos azules. Nuestros cielos son azules porque la atmósfera está dispersando la luz del Sol. Cuando lo hace a ángulos grandes, como veis aquí en este esquema, se van los rayos de color azul, mientras que a ángulos pequeños se van los rayos de color rojo. En esos rayos de color rojo son los que iluminan la Luna y entonces la Luna se vuelve roja. En los eclipses de Luna tenemos la Luna de sangre o Luna roja.

Es el mismo fenómeno que colorea tan bellas estas nubes lenticulares fotografiadas en la cercanía de Granada. Eso son nubes, eso es aquí, y están coloreadas de rojo por el mismo efecto de dispersión de la luz por un astro.

Obviamente, el eclipse de Sol debe ocurrir en la Luna nueva. El eclipse de Luna debe ocurrir en la Luna llena. ¿Por qué no tenemos un eclipse en cada lunación? El mes lunar dura 28 o 29 días, deberíamos tener un eclipse... Pues no ocurre así por un hecho fundamental, y es que, si os dais cuenta en este esquema... Perdón, es muy sensible... El plano de la órbita de la Tierra, el plano de la eclíptica —eclíptica porque se producen los eclipses—, no es el mismo que el de rotación de la Luna con respecto a la Tierra; está ligeramente elevado 5 grados. Y esa pequeña diferencia hace que no siempre la sombra de un astro vaya al otro.

Solo cuando los tres se encuentran en esta línea llamada línea de los nodos, en la línea en la que los dos planos se cruzan, solo en ese caso se producen los eclipses.

Y me preguntaréis: bueno, pues si es en esa línea, ¿por qué no ocurre cada seis meses? Si la traslación de la Tierra es un año, ¿por qué no cada seis meses? Pues simplemente porque la danza cósmica es un poco más compleja de lo que parece y no hay completa sincronización entre los... movimientos de una y de otra. Y los eclipses, que tienen ciclos, son unos ciclos verdaderamente complejos.

Pero no nos vamos a ocupar de ellos. Ya está la parte descriptiva tratada, y yo quiero mostraros lo que observan los seres humanos en pleno esplendor cuando se produce un eclipse. Fijaos que en el eclipse total el día se vuelve noche, el cielo se vuelve negro, las estrellas son visibles. Es un fenómeno que hasta a los animales los descoloca. Y todo el que lo ha vivido —yo he de reconocer que tampoco lo he observado todavía y estoy ansioso— dice que es un fenómeno inenarrable.

En la totalidad, lo que se hace visible es la corona del Sol, la corona que no nos es visible porque nos deslumbra la luz que nos viene de la fotosfera —la fotosfera es el disco que vemos normalmente—, pues esa corona se hace visible y de forma bellísima en el momento de la totalidad.

Y por si os quedaba duda de que es un fenómeno que acumula belleza, aquí en esta imagen veis muchísimos más detalles de esa corona. Incluso somos capaces de distinguir detalles de la superficie de la Luna, porque las imágenes están sobrepuestas.

Aquí hay varias cosas que entender. El brillo significa densidad. Cuanto más brillo, es que tengo más material, más plasma solar que está dispersando luz. ¿Por qué digo dispersando luz? Porque esta luz blanca que estamos viendo no es propia de ese material, sino es luz que emerge desde abajo, desde la fotosfera, ilumina el material de la corona, que nos desvía los rayos hacia nosotros. Es luz dispersada por los átomos de la corona. Cuantos más átomos, más brillo.

De hecho, ese circulito que rodea el limbo de la Luna es la conocida cromosfera. La cromosfera es la capa atmosférica del Sol inmediatamente superior a la fotosfera, y se llama precisamente así por estos colores rojizos que veis por aquí abajo, que fueron detectados en las primeras observaciones telescópicas y claro, era una esfera de color, de color rojo, de cromosfera.

Y quiero además que con esos colores rojizos observéis esta estructurita de aquí, que es una protuberancia, que apenas se distingue, pero sí que está clara, también de color rojizo. Es una estructura que nace en la cromosfera y llega hasta la corona, y va a ser protagonista de uno de los relatos de la historia de hoy.

En fin, esta corona veis que no es difusa, que cuando se la observa con detalle, tiene una estructura fibrilar. Estas plumas, que así se llaman, están delineando las líneas del campo magnético global del Sol, que se abre hacia los confines de la heliosfera, la zona de influencia del Sol y que incluye todo el sistema solar. Sin embargo, el campo magnético en el ecuador tiene las líneas regresando parcialmente hacia la propia estrella.

Lo que nos interesa no es tanto estos detalles de la física moderna que entendemos de la corona, pero no podía evitar haceros una revisión.

La observación de la corona, la observación del Sol, la observación de los eclipses, además de por curiosidad, era consecuencia de una necesidad. Hasta el siglo XVIII la navegación era aún más dura de lo que es hoy, y lo era por la dificultad intrínseca de no poder determinar la longitud geográfica en el mar. Ahí esos marineritos están aprendiendo a usar el sextante para determinar la latitud con la altura del Sol. Eso era fácil; sin embargo, la longitud era imposible de determinar. Hasta 1759, en que John Harrison inventó el cronómetro marino, la navegación era un martirio, porque cuatro segundos de error en el tiempo suponían un error de una milla náutica en la derrota del barco.

Realmente era inadmisible, y de ello eran conscientes incluso los antiguos griegos. Sabían, además, que para determinar la longitud geográfica en el mar, en cualquier punto del globo terrestre, era preciso tener datos precisos, valga la redundancia, del tamaño del Sol y, en concreto, de su paralaje, la paralaje solar. No voy a entrar en la definición del término; los que estáis acostumbrados a venir lo conoceréis, si queréis luego os lo explico. Pero en definitiva, había que conocer el tamaño del Sol, que estaba relacionado con la paralaje solar y con la distancia de la Tierra al Sol en función de la distancia de la Tierra a la Luna.

A eso se dedicaban los eminentes astrónomos. Y este que veis aquí es Edmond Halley. Todos habréis oído hablar de él porque le da el nombre al cometa más famoso de todos los tiempos. Pues este señor era un astrónomo todoterreno y se dispuso a buscar una determinación del tamaño del Sol observando el eclipse de 3 de mayo de 1715. En realidad su artículo, que me lo he leído no en latín, en el original, sino en una traducción, está fechado el 22 de abril, pero es que usaba el calendario juliano, que sería cambiado unas pocas semanas después.

La observación del eclipse por parte de Halley a mí me hace gracia o me resulta curiosa por tres hechos fundamentales. El primero, porque desdeña el problema de si la corona —evidentemente había visto la corona—, y a él no le preocupa si la corona es solar, es atmosférica o es lunar. De hecho, es que la astrofísica no había nacido todavía. Él era un astrómetra de raza y a él lo que le importaba eran sus medidas básicamente astronómicas, geométricas. Y eso no le preocupa.

El segundo detalle es la auctoritas, la autoridad en el sentido latino del término, a no confundir con la potestas, que últimamente en castellano no lo tenemos muy claro. El tipo era un señor muy influyente; era, no en vano, el secretario de la Royal Society de Londres, y la observación del eclipse se convierte en lo que hoy llamaríamos un experimento de ciencia ciudadana. Su influencia hace que decenas de ciudadanos, incluidos algunos nobles, se pusieran a trabajar y se fueran a observar el eclipse, porque hacía falta observarlo desde distintos puntos para entender las medidas. Pero desafortunadamente los resultados fueron pobres, las medidas no fueron suficientemente precisas, y al año siguiente propone, en un nuevo artículo, un método para determinar ese problema, para determinar el tamaño del Sol y la distancia entre la Tierra y el Sol, utilizando dos tránsitos, que como veis, tránsito y eclipse son el mismo fenómeno en sí, y además uno de los tránsitos venía seguido a un eclipse total de Sol; dos tránsitos de Venus por el Sol.

El artículo es increíble porque este hombre, sin matemáticas —sin matemática alguna, la matemática se ve que se la guardaba para sí—, dice que con su propuesta, que básicamente necesitaba varias observaciones desde puntos lejanos de la Tierra, de ahí el problema de la paralaje, con su método se podían conseguir errores de 0,025 segundos de arco, que son precisiones de categoría del siglo XXI. Y además basado en argumentos de simetría, en argumentos fundamentalmente estéticos.

Y esto me gusta resaltarlo porque siempre que puedo recuerdo que los científicos muchas veces nos fundamentamos en razones estéticas para decidir si nuestros modelos funcionan, si no funcionan, si estamos correctos, e incluso para motivar nuestros estudios.

Y para estética, vean este diagrama que propone describiendo con una pulcritud y exactitud el tránsito de Venus desde el este al oeste, desde el primer contacto al último contacto con el limbo del Sol. Y en realidad es una maravilla. Desafortunadamente... ah, bueno.

Me quedaba mencionar su influencia. La influencia es que fue tal que hubo hasta dieciocho expediciones a distintas partes del globo para observar ambos tránsitos: ocho para el primer tránsito, básicamente con liderazgo francés, y diez en el segundo, con liderazgo básicamente británico.

También me gusta mencionar que las dos grandes potencias, España estaba un poco de capa caída, se disputaban un prestigio. El prestigio nacional se jugaba también en el éxito de esas expediciones. La ciencia no se desvincula de los seres humanos que la practican, y este fue un ejemplo más.

El caso es que, como su propuesta radicaba en dos o más observaciones separadas y en la comparación de las diferencias, hubo problemas. Todos nos equivocamos y Halley también se equivocó.

El primero en darse cuenta fue el astrónomo francés Delisle, que rápidamente dijo que era muy difícil que en dos sitios apartados de la Tierra fuera a haber la buena calidad atmosférica como para observar los tránsitos completos, que era uno de los requisitos de Halley. Para subsanar el detalle, propuso que todas las expediciones deberían dotarse de las herramientas y protocolos adecuados para determinar la longitud geográfica del lugar. Volvemos a la longitud, ¿de acuerdo?

El segundo de los problemas, y eso no lo aventuraba nadie, es que la ciencia no estaba preparada. La ciencia no estaba preparada para un tratamiento de unos datos altamente heterogéneos, provenientes de distintos investigadores, distintos instrumentos, con errores distintos. Y esa ciencia no llegó a estar dispuesta hasta finales de siglo, en que este señor de aquí, Carl Friedrich Gauss, uno de los grandes matemáticos y astrónomos de la historia de la humanidad, inventó su procedimiento de mínimos cuadrados.

Los compañeros científicos que hay ahora mismo en esta sala saben cuánto utilizamos los mínimos cuadrados nosotros. Pues bien, fueron necesarios para poner de acuerdo a los científicos con los resultados de esos dos tránsitos tan especiales. Fijaos que, como estos fenómenos son tan episódicos, no se repetían, y esos dos tránsitos del 1761 y del 69 fueron fuente para que muchos astrónomos trabajaran con los datos intentando combinarlos sin fortuna.

Claro que los había más espabilados, como este señor de aquí, Euler, Leonhard Euler, el alemán, y el francés Du Séjour, que fueron los únicos dos cuyo resultado se aproxima a los valores cabalmente aceptados. Aquí abajo, por si a alguno le ha interesado, he reproducido el título del artículo de Euler porque me parece graciosísimo; el artículo parece el resumen, el abstract del propio artículo, de tan largo que es.

Hubo que esperar nada menos que otro siglo, ¡otro siglo!, para que, armados con los mínimos cuadrados, los científicos utilizaran los datos de esos dos eclipses. Y de hecho fue solo Newcomb, en 1891, quien obtuvo un valor acorde con lo aceptado actualmente. Obviamente, hoy día tenemos una mayor precisión, pero el valor de Newcomb era acertado.

Todo este cuento que os he contado arranca varios siglos antes de Cristo y acaba en los albores del siglo XX. Veintitantos siglos ha necesitado la humanidad para, con la ayuda de los eclipses, resolver de forma robusta y fehaciente el problema de la longitud geográfica en el mar, amén de otros problemas.

Pero no solo la necesidad impulsa la observación de los eclipses. Aquí tenéis una tablilla babilónica del año 136 antes de Cristo y a Confucio. Ahora entenderéis por qué.

Fijaos, la cronología del mundo antiguo es muy difícil. Normalmente los registros, esas tablillas, hablan de «en el cuarto mes del tercer año del reinado de fulanito» y tal. Casar esas cifras con un calendario razonable es altamente difícil, a no ser que en los mismos registros tengamos eclipses bien datados. Los eclipses se pueden reproducir con toda exactitud, y eso es lo que ocurre con los chinos.

Disponemos, en la crónica Chunqiu, hasta un total de 36 eclipses totales de Sol entre 722 y 481 antes de Cristo. Y con eso disponemos de una cronología fiable de China a partir del siglo VIII antes de Cristo.

Y me diréis: ¿por qué eran tan escrupulosos con los eclipses? Pues por Confucio. La influencia moralizante en la filosofía china de Confucio hacía que, lo que es obvio, se vieran los eclipses como malos augurios o como declaraciones de los dioses del enfado por algún comportamiento nefando de los gobernantes. Siempre hay algún gobernante a quien echar la culpa de los problemas, y claro, los dioses ponían a la gente alerta. Así que esa observación de eclipses nos permite tener una cronología fiable china.

Pero es que además, el conocimiento también se ha usado como un elemento de poder y de coacción. Estamos acostumbrados a ver en las películas aquellas de conquista cómo el listillo de turno engaña a los indígenas del lugar prometiéndoles que va a haber un suceso cataclísmico y que la noche va a aparecer en medio del día para hacerse con el poder. Aparentemente ese fue el comportamiento de Colón en su cuarto viaje, en 1503, con respecto al eclipse del 29 de febrero de 1504. Este es un eclipse de Luna; si hubiera sido de Sol no habría podido ser tan chulo. Pero si queréis luego os cuento la intrahistoria del viaje de Colón.

Con respecto a la tablilla babilónica, nos describe con una belleza y con una rigurosidad exquisita el eclipse del 15 de abril de 136 antes de Cristo, y lo sitúa en Babilonia, una hora y media tras el amanecer. Aquí reproduzco el texto, que dice: «Venus, Mercurio y las estrellas normales eran visibles; Júpiter y Marte, que se encontraban en su periodo de desaparecer, también eran visibles. Se movió del suroeste al noroeste y duró treinta us desde el oscurecimiento hasta el aclaramiento». Los us eran su unidad temporal, que sabemos que oscila entre cuatro y seis segundos. O sea, que no solo determina una hora y media antes del amanecer en el sitio, sino también la duración. El control que hoy podemos tener de ese eclipse es completo.

¿Por qué digo esto? Pues porque si la Tierra rotara a la misma velocidad entonces que ahora, ese eclipse no habría pasado en Babilonia. Habría ocurrido en Mallorca y el norte de Italia. Si por el contrario el frenado de la velocidad de rotación de la Tierra estuviera de acuerdo a las predicciones de las mareas, que dicen que debe haber un frenado de 2,3 milisegundos por siglo, ese eclipse debería haber ocurrido mucho más al este, en Afganistán. Pero gracias a la precisión y escrupulosidad de este astrólogo, y digo astrólogo con todas las consecuencias, nos asegura que ocurrió en la ciudad que hizo famosos a Nabucodonosor y a Hammurabi.

Tenemos que concluir que debemos modificar nuestros modelos geofísicos, bien cambiando la interacción entre el manto y el núcleo, la estructura de los casquetes polares, la orografía de los fondos oceánicos, lo que sea, porque no es 2,3, sino 1,8 milisegundos por siglo.

Pero volvamos un poco a...

a la manifestación hermosa, a la corona, a la corona y a la cromosfera que todos, desde los antiguos, han podido ver. Sin embargo, los registros no son así. El primer registro fehaciente data del eclipse de 5 de marzo de 1223 a. C. en las ruinas de Ugarit, en la actual Siria. Y aquí reproduzco lo que se dice porque no hay mención de la corona, pero es interesante. Dice: «El día de la luna nueva en el mes de Hiyar fue avergonzado. El Sol bajó en presencia de Rashap». El Sol había sido avergonzado por la Luna y lo habían quitado de en medio, ¿de acuerdo? Un eclipse en toda regla.

No sería hasta el año 71 d. C. en que Plutarco, en su «De facie in orbe lunae», hace una descripción clarísima de la corona: «Incluso si la Luna, no obstante, cubre a veces el Sol completamente, el eclipse no tiene duración o extensión. Al contrario, una cierta luz es visible alrededor del borde que impide a la sombra llegar a ser absoluta y profunda». Una descripción maravillosa. Ya se veía la Luna... la Luna, perdón, la corona. Se siguió viendo, como no podía ser de otra manera, a finales del siglo... en 968 en Constantinopla, en la primera observación científica, que se cifra en 1560 a manos de Christoph Clavius, un alemán en Coímbra: «Una gran luz rodeó el Sol», ¿de acuerdo? Y en los dibujos que iban haciendo los astrónomos, los observadores, escrupulosamente para describir sus observaciones, hasta que apareció la fotografía. La primera fotografía de un eclipse, un daguerrotipo hecho por Johann Berkowski en Königsberg, el actual Kaliningrado; entonces era Prusia, hoy es Rusia.

Pero si veis, he saltado a Heródoto. Y me parece muy interesante mencionarlo porque él cuenta en sus «Historias» que el 28 de mayo de 585 a. C., los lidios y los medas estaban peleados, llevaban seis años de guerra. Estas dos civilizaciones ocupaban el Asia Menor, lo que ahora es Turquía. Y el día del eclipse sobrecoge a ambos bandos, interpretan que aquello es una señal de los dioses y sellan la paz. Un eclipse de Sol hace que los lidios y los medas sellen la paz. Y no solo eso, sino que el hijo de este señor, Ciaxares, el rey meda, se casa, para sellar el pacto, con la hija de Alyattes, el rey lidio.

En fin, vamos a saltar porque tenemos que ir por distintas etapas de la historia y saltamos al siglo XIX. El siglo XIX es muy importante para esta casa, para los que trabajamos aquí, porque nace la espectroscopía y con ella nace la astrofísica. Los astrónomos empezamos desde entonces a preocuparnos por la naturaleza física de los astros. Y esto es porque se entendió en ese momento que la dispersión de la luz en los colores y la observación de los espectros nos permitía obtener una joya preciosísima para la observación del universo. Esa joya es nuestra hipótesis de que la materia es la misma en la Tierra que en el resto del universo. Es una hipótesis no falsada hasta el momento y, por tanto, absolutamente fundamental, y es en la que nos basamos para hacer nuestros estudios. Y de hecho la espectroscopía contribuyó enormemente a ello y su desarrollo fue en paralelo al de la física. La espectroscopía solar en particular, luego estelar, ayudó a la física; no en vano fue una piedra de toque de la física cuántica a principios del siglo XX. Pero lo que básicamente nos enseñó es a distinguir que estas rayas, estas líneas espectrales que se ven... Este es un espectro moderno de una protuberancia, como aquella estructurita que veíamos antes abajo a la izquierda de la Luna. Esas rayas se producen también en el laboratorio y podemos identificar los átomos e iones que las producen.

Pues la gente observó y observó el Sol y, en concreto, tenía que observar eclipses. Este señor de aquí, Pierre Jules César Janssen, fue enviado por el Bureau des Longitudes y la Académie des sciences de Francia a observar el eclipse que iba a ocurrir el 18 de agosto en Guntur, en la India. Muy emocionado, aquel mismo día manda un telegrama a la Academia y dice: «He observado el eclipse. Hay protuberancias. Los espectros son muy interesantes e inesperados. Las protuberancias son de naturaleza gaseosa». Fijaos que las protuberancias las habían visto otros, pero no se sabía si producían espectros exactamente igual que los gases. En esos términos hablaban que había en la fotosfera del Sol. Y este hombre se da cuenta de que sí. Pero se da cuenta además de que puede observar la protuberancia incluso sin eclipse, porque él lo que había hecho es poner la rendija de su espectroscopio perpendicular al limbo encima de la protuberancia. Dice: «Pues yo mañana, aunque no tenga eclipse, voy a hacer lo mismo». Mañana y pasado y al otro. Emprendió una campaña hasta el 4 de octubre con resultados notabilísimos. Efectivamente, su éxito en la obtención de espectros se repetía, y el 19 de octubre manda una carta a la Academia informando de sus resultados. La carta sorprendentemente llega el 23, cuatro días, a Marsella, y se toma un día de Marsella a París, curioso. Pero ese mismo 24 de octubre llega otra carta de De la Rue,

el presidente de la Royal Astronomical Society de Londres, al presidente de la Academia Francesa con el relato de un astrónomo, Stewart, acerca de los resultados obtenidos por este señor, sir Joseph Norman Lockyer, a la sazón fundador de la revista Nature, que muchos de vosotros conoceréis. Claro, la Academia dijo: «Anda, los dos han hecho lo mismo, han utilizado el mismo método». Aparentemente Lockyer reclamaba que dos años antes había propuesto el método y había tenido resultados infructuosos hasta entonces, pero la observación era clara. Y concluyen que lo mejor era reconocerles el mérito a ambos y decir: «Bueno, pues ya está, los dos han descubierto el espectro de las protuberancias en ausencia de eclipses».

Ese «los dos lo comparten» se ha utilizado después erróneamente para lo que viene a continuación, y es que Lockyer se da cuenta de que una de las líneas, una de las rayas esas que había observado, no se veía en los espectros normales. No se veía en los espectros de laboratorio. Y agarra a un compañero químico, Frankland, y se ponen en el laboratorio a buscar y buscar y buscar, y concluyen que aquello no podía ser de ningún átomo conocido. El helio se había descubierto. Se había descubierto un nuevo elemento químico en el Sol, se llama helio por ello, ¿de acuerdo? No sería hasta 1895 en que Ramsay encuentra helio trabajando con cleveíta, una especie de uraninita que aquí se conserva en el Museo Británico.

En fin, la veda estaba abierta, se podían cazar nuevos átomos. El descubrimiento de un nuevo elemento químico era claramente un motivo de orgullo para cualquiera que lo obtuviera. Y yo quiero que os fijéis en esta raya de aquí, en esta línea de aquí verde, que no aparece en el espectro de la fotosfera ni más abajo. Y vamos a hablar del coronio y la corona del millón, del millón de grados.

Young y Harkness, independientemente, observan el eclipse de 7 de agosto de 1869. Inmediatamente reportan la identificación de una línea no identificable con otras conocidas en la Tierra. Esa línea que yo os he enseñado antes, esa línea verde. No estaba ni en la fotosfera solar ni se conocía en... en el laboratorio. Así que, años después, un químico alemán, Grünwald o como se lea, no sé alemán, lo bautizó «coronio». Claro, un nuevo elemento en la corona, pues coronio. Sin embargo, más de 40 años después, Walter Grotrian y Bengt Edlén, ambos concluyen que de coronio nada, no había un nuevo elemento químico, que lo que se estaba observando ahí era una línea espectral producida por hierro trece veces ionizado. Claro, en el laboratorio era casi imposible, materialmente imposible en la época, ionizar trece veces el hierro, porque se necesitan millones, pero de grados, no la corona del millón, sino millones de grados, ¿de acuerdo? De hecho, si hoy miráis en internet y buscáis quién dijo que la corona tiene millones de grados de temperatura, los nombres de Grotrian y Edlén son los que aparecen. Y, sin embargo, no son ellos. Ninguno de ellos especuló acerca de la temperatura, porque de hecho tampoco les preocupaba ni estaban preparados para ello. Fue Alfvén, premio Nobel mucho más tarde, en 1970, y el descubridor de las ondas que llevan su nombre, alfvénicas, fue el que explicó que necesariamente la corona debería albergar temperaturas de un millón de grados

y, por tanto, empezaba con ello un grandísimo problema que todavía no hemos terminado de resolver los físicos solares: cuál es el calentamiento de esa corona. La corona llega hasta varias decenas de millones de grados.

Ya para terminar, os quiero contar el último relato, quizá el más asombroso o el que más ha dejado poso en nuestro acervo cultural como humanidad, cual fue la comprobación de la relatividad general de Einstein. Bueno, no la comprobación, sino la comprobación de una de sus predicciones, ¿de acuerdo? No fue la primera comprobación, porque el propio Einstein, en 1915, en su artículo, da cuenta del movimiento anómalo del perihelio de Mercurio. Demuestra que debe ser como los astrónomos llevaban tiempo detectando, con un avance de 43 segundos por siglo con respecto al predicho por la gravedad de Newton, ¿de acuerdo? Pero además de decir que la luz debía curvar su camino cuando se acercaba a un campo gravitatorio intenso, que es la determinación que nos va a ocupar estos últimos minutos, también hubo una tercera predicción que tardó muchos años en ser verdaderamente corroborada fehacientemente, cual es el corrimiento al rojo de las líneas espectrales por razón de la gravitación. Hoy en día, cuando medimos los espectros, tenemos que hacer correcciones por el efecto gravitatorio del Sol, porque se nos cambian las longitudes de onda de esas líneas espectrales. Pues bueno, la segunda de las predicciones, que de hecho en 1911, antes de publicar su relatividad general, cuando establece el principio de equivalencia, se da cuenta rápidamente de que la propia gravedad newtoniana predecía esa deflexión de los rayos de luz.

Fijaos que la deflexión está aquí muy bien explicada en el gráfico. Tenemos una estrella que está situada aquí, su posición real. Cuando emite la luz que finalmente llega al telescopio, el camino de la luz ha sido curvado por la acción del campo gravitatorio intenso de esa estrella, de esa enana blanca. La conclusión es que el observador se cree que la estrella está aquí y no aquí, como está realmente, ¿de acuerdo? Entonces, la medida de este ángulo era lo que hacía falta. ¿Por qué? Porque la teoría general de la relatividad predice que esa deflexión debe ser el doble que la newtoniana. La única ecuación que he puesto aquí la he introducido por su extremada sencillez, y eso que viene de la relatividad general, y para un lego en la relatividad general como yo me dejó absolutamente perplejo. La predicción de Einstein es de 1,75 segundos de arco para una estrella rasante con el limbo del Sol. Claramente, solamente se podía determinar, medir, en la ocasión de un eclipse total, porque es la única forma en que podemos ver las estrellas y saber dónde está el Sol en el camino entre la estrella y nosotros.

Los responsables de la hazaña del eclipse de 1919, fue lo que ha quedado en la cultura popular como el experimento de Eddington, porque este señor, Eddington, era un personaje además de un buen científico. Pero en realidad el artículo lo firman Dyson —de izquierda a derecha—, Dyson, Eddington y Davidson. Y de hecho Dyson, que era el director del Observatorio de Greenwich y el astrónomo real, fue el promotor de las dos expediciones que se hicieron y el que coordinaba todo el experimento desde Londres.

Ambas expediciones: una fue a Isla Príncipe, en Portugal, ahora ya se trata de la República Democrática de Santo Tomé y Príncipe, y la otra en Sobral, en el Brasil. A la de Isla Príncipe iba Eddington como jefe de expedición, y a la de Sobral iba Davidson como jefe de expedición. El objetivo era claro: deberían medir la posición de hasta trece estrellas que se esperaban visibles más allá de la corona y muy cercanas al Sol, medir la deflexión respecto a sus posiciones, que estaban perfectamente conocidas. Los resultados solo podían ser tres: uno, no hay deflexión; dos, la deflexión es newtoniana; o tres, la deflexión es relativista. Pues hete aquí que, a pesar de que hoy conocemos esto como el experimento de Eddington, el pobre Eddington tuvo muy mala suerte y fue una ruina su campaña en Isla Príncipe. El tiempo fue horroroso, no pudieron prácticamente tomar medidas; salvaron unos pocos datos, pero pocos, muy pocos. Los datos fundamentales vinieron de Sobral, de Brasil, pero ahí también tuvieron infortunio. Hay que relatar también estas cosas porque fijaos que aquí la astronomía se trufa de aventura, y es que durante mucho tiempo, e incluso en la actualidad, los científicos arrostran riesgos correspondientes a verdaderos aventureros en busca de los resultados. Y como digo, en Sobral este telescopio, el principal, se les estropeó en el viaje, se escacharró la lente principal del telescopio

y tuvieron que utilizar este de reserva que llevaron por casualidad, porque se lo había cedido un jesuita, un famoso astrónomo, el padre Cortie, que iba a ir a la expedición y al final no pudo ir, y dijo: «Tomad mi telescopio por si os sirve de algo». Y gracias a ese telescopio los resultados fueron formidables, fueron coincidentes o compatibles con la predicción de Einstein, y fueron notificados en una sesión solemne conjunta de la Royal Society y la Royal Astronomical Society —los ingleses para la pompa y el boato son tremendos—. El presidente era nada menos que Thomson, premio Nobel en 1906, descubridor del electrón, de los primeros isótopos, y premio Nobel en 1906, además de presidente de la Royal Society, y dijo que aquellos resultados eran los más importantes obtenidos en conexión con la gravitación desde los tiempos de Newton. Y seguramente sí lo fueron así. Rápidamente el eco social destapó. The Times, los días 7 y 8 de noviembre, publica estos dos extractos. Pero a mí el que me hace gracia es el del día 10 del New York Times, porque es bastante jocoso. Dice: «Las luces estaban todas desbaratadas en los cielos. Los hombres de ciencia no sabían muy bien qué es lo que pasaba con los resultados de las observaciones de los eclipses. La teoría de Einstein triunfa. Las estrellas no estaban donde parecía o donde se calculaba que deberían estar, pero no hay que preocuparse, nadie se tiene que preocupar».

Y al final citan textualmente algo que ha pasado a la posteridad como una cita de Einstein —no tengo muy claro, cuando es un periodista el que está por medio, no me fío—, La cita está muy bien y dice: «Nadie en el mundo comprendía una papa de lo que estaba yo diciendo con mi teoría de la relatividad cuando los atrevidos editores tuvieron a bien publicarme el artículo».

En fin, con esta historieta un poco jocosa, termino mi conferencia de hoy sin olvidar... Por cierto, aquí tenéis a Einstein, a Eddington, acompañados de otros indocumentados como son Ehrenfest, De Sitter y Lorentz. Sin olvidar lo que he venido comentando desde el principio, o lo que ha sido la motivación de esta charla: cómo el estudio de una ciencia puede ayudar a la otra. El propio Lockyer dijo que «Cuanto más podamos estudiar las relaciones entre las diferentes ramas de la ciencia, mejor será para el progreso de todas ellas». Muchas gracias.

Bueno, voy yo mismo a moderar el turno de preguntas. Disparad lo que queráis y yo contestaré si puedo. Espera un momento, que te van a pasar el... No, perdona, perdona. Sí, pero ella estaba antes. No pasa nada.

Es una pura curiosidad. En la foto anterior había, entre los científicos, tres mujeres. Tengo curiosidad por saber si eran científicas o eran las novias o las amigas.

No, no, afortunadamente eran científicas. Esto es una reunión de físicos y químicos alemanes y algún austriaco. Los nombres de ellas no los conozco, pero están identificados. La foto la he puesto aquí por este imberbe, que es Grotrian, el que dijo: «Esto es átomo de hierro altamente ionizado». Pero sí, sí, eran científicas.

Hola, buenas. Enhorabuena, ha sido una charla muy interesante. Yo quería preguntarle sobre un fenómeno que se produce durante los eclipses totales de Sol, pero que no he terminado de encontrar en ningún sitio una explicación satisfactoria. No sé si conoce lo de las bandas de sombra que se producen antes y después de la totalidad. Unas bandas ondulantes de sombra.

He comenzado diciendo que mi incultura eclíptica es supina. Entonces, realmente no me he preocupado demasiado por las observaciones de eclipses jamás. Si lo hubiera hecho, a lo mejor te podía responder, pero realmente me siento incapaz. No sé qué son esas bandas de sombra. Si me las describes un poco más...

No, yo tampoco. He leído sobre ello, pero no he encontrado...

Pensaba que me ibas a hablar de las perlas de Baily o algo así, que son fenómenos más conocidos. No lo sé. A lo mejor, Vicente, ¿tú sí sabes?

Yo sí he oído hablar de esas bandas y creo que te puedo dar el nombre de alguien que sabe mucho más que yo.

Vale.

Cuando terminemos te doy el nombre y el teléfono de alguien que te puede informar sobre eso.

Pues no hay nada como acudir a las fuentes. Gracias, Vicente. Pásale el micrófono al chico este de aquí.

Hola. Creo que la que hay a la derecha, debajo de Albert Einstein, es Emmy Noether,

¿Esta?

una matemática muy prestigiosa.

De las grandes, pues fíjate.

Y quería decir también que la que no se ha mencionado entre los descubridores del helio es Cecilia Payne, otra astrofísica de renombre, que fue la que realmente descubrió que el Sol y las estrellas estaban formadas por hidrógeno que en una reacción provocaba el helio. No fue Ramsay ni fueron...

No, no, pero me estás hablando de cosas distintas. Una cosa es que el Sol fabrique helio en su interior, y ahí la contribución de Cecilia Payne seguramente fue importante, y otra es la detección de helio en la Tierra, que fue Ramsay. No, no. Perdona, perdona. Antxón decía: «Si os dice cualquier cosa, es muy riguroso». No. Mi rigor me hace plegarme a las correcciones que seguramente me va a hacer mi compañero Mariano, que ha pedido la palabra y alguna que otra vez me ha hecho.

No, era simplemente de paso que, hasta donde alcanzo, esas bandas es un fenómeno producido por la atmósfera. Al ser tan rápido el cambio de iluminación en la atmósfera, e incluso he oído en algún lado, como estamos acercándonos ya a los eclipses, pues uno, quieras que no, va entrando en el baño de información que rueda, que siempre hay que tener cuidado, pero en fin. Al parecer se aconseja, al que la quiera observar, poner algo blanco en el suelo, pero es un fenómeno rápido y que ocurre cuando el Sol está casi cubierto, cuando está pasando la Luna hacia delante o cuando se está destapando, pero con casi el Sol cubierto.

Próximo a la totalidad.

Eso es lo que yo alcanzo a saber.

Estupendo. Me debería dar vergüenza, pero estoy para retirarme y no he visto un eclipse solar en mi vida, ¡y el Sol le ha dado los garbanzos a mis niños, caramba!

Y luego, nada más y de comentario con respecto al eclipse, el famoso experimento, es muy difícil porque tenéis que tener en cuenta que lo que quieren medir es posición de estrellas con precisión. El eclipse se aprovecha para ver estrellas cerca del Sol para ver el efecto, porque si se alejan, el efecto disminuye rápidamente. Y claro, ver estrellas cerca del Sol de día es difícil, salvo una noche artificial, perdón, naturalísima pero infrecuente, que es la Luna. Entonces se miden las posiciones durante el eclipse, y luego seis meses después, que el Sol está totalmente al otro lado de esas estrellas, se comparan. Hace falta mucha precisión, y no solamente son las precisiones del instrumento, es que ese telescopio que está mirando al Sol se calienta y se deforma. Las estrellas se hacen grandes como calabazas, las imágenes, me refiero. De modo que esos resultados tuvo Eddington, que yo creo que su principal mérito en este tema es atornillando los datos para intentar sacar un resultado, que de hecho es el segundo o tercero que sacó, porque no estaba nada claro. Y para terminar, otra anécdota del tema: Einstein primero lo propuso antes de formular la relatividad general, pero él hizo una predicción y, mira por dónde, también se equivocó. Y fijaos qué valor sacó: el mismo que Newton, que de la teoría de Newton había sido obtenido por otro alemán no sé cuántos decenios antes. Luego lo corrigió él mismo, pero el primer valor que sacó Eddington era compatible con Newton y con Einstein y con cualquiera,

porque era de muy baja calidad estadística. Y hoy en día esos resultados han mejorado muchísimo porque se pueden observar ya no estrellas en luz visible, sino en radiofrecuencias, con lo cual no hay que esperar a los eclipses. Basta una radiofuente que se va acercando en la posición relativa al Sol, se va siguiendo, y entonces la precisión, aun con todo, son precisiones que no son excesivamente altas. Es un tema complicado. Bueno, ya me callo.

Muy bien. ¿Veis? Hay que acudir a las fuentes. ¿A nadie lo he dejado con curiosidad por Colón ni nada? Bueno, lo voy a contar, porque es que Colón... Básicamente lo que pasó fue que en este cuarto viaje pierde dos de sus carabelas, y con las otras dos amarran en Jamaica porque estaban hechas polvo y tenían que reparar y tal. Llevaban seis meses 'by the face' con los jamaicanos, y claro, los lugareños decían: «Está bien que estos señores se larguen ya de una vez porque nos cuesta mucho mantenerlos». Y se lo dicen claramente a... A Colón. Y este se ve que por aquellos días había consultado las efemérides astronómicas que llevaba consigo y dice: «El 29 de febrero...» Bueno, era un día de febrero: «Tal día hay un eclipse de Luna». «De acuerdo, pues ya está, esta es la mía». Entonces les dice: «Cuidadín con lo que me decís, con las amenazas que me hacéis, porque mi Dios cristiano os puede hacer mucho daño y, para demostrarlo, os va a mandar una señal en el cielo pasado mañana». Claro, cuando pasado mañana la Luna de pronto se les puso roja, de sangre, pues no tuvieron más remedio que plegarse y, según cuenta el propio Colón, no tuvieron más problemas de abastecimiento en el resto de la estancia.

Un abuso de poder basado en el conocimiento.

Bueno, pues si no hay más preguntas, lo dejamos aquí. Muchas gracias por haber venido.

Transcripción y traducción automáticas a partir del vídeo; pueden contener errores. Subtítulos: español · English.

Peti

El pequeño telescopio con el que empezó el ciclo

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